marzo 19, 2013
Perro pateado
Tengo por corazón un saquito lleno de pedazos de vidrio roto. Ya sé, quizá exagero, y no es que haya tenido tantos amores apabullantes y pasionales con finales dramáticos, nada de eso, de hecho, no he tenido ninguno de ese tipo. Mi caso es una cosa distinta. Todo se resume en mi complejo de “Perro pateado”. Es como si de pronto, alguien que sólo pasaba por ahí, se hubiera encontrado conmigo y me hubiera dedicado una mirada, quizá una caricia; yo siento cómo si hubiera encontrado amo. Y entonces yo le doy mi corazón, o mi saquito de pedazos rotos; para mi, es cómo cuando de niña llevaba a alguien a ese lugar oculto que descubrí en el jardín, es como compartir un secreto. Le doy entonces mi saquito, ¿y que es lo que hacen? ven lo que hay dentro, encuentran un montón de monerías, se entusiasman al ver que compartimos algunas, me llevan a su casa, comparten su comida conmigo, me enseñan algunas de sus cosas favoritas, me acarician, me llevan a la cama y me besan; por un momento, me hacen sentir cómo si fueran a cuidar de ese secreto que les acabo de confiar, pero luego de un rato, cuando me tienen acurrucada en sus brazos, toman mis pedazos de vidrio y me los regresan, diciendo que por ahora no están interesados, gracias pero no; cómo si yo hubiera tratado de venderles algún electrodoméstico. ¿Y que hago yo? recuerdo que era ese perro pateado, no puedo reclamar nada, incluso, hasta debería disculparme por las inconveniencias; lo único que puedo sentir es un torrente de lágrimas viniendo a toda prisa, y para detenerlas, yo las amarro jalándome los hilos de la cara, que me dejan una expresión vacía pero con una sonrisa discreta. Que importa, y así cómo estaba al principio, sola, vagando de aquí para allá; me voy, con toda esa independencia con la que llegué, y mi saquito por corazón.
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